Nació a medio camino entre las montañas y el mar.

 

En 1987 decidió cruzar el mar inmediato para vivir en un lugar

sin fronteras ni límites y empezar una parte de su historia.

 

Había recibido la sabiduría anónima y el equilibrio ante la propia

debilidad que evita el deseo de ser un superhombre.

 

Entró en el torbellino de la fama, que exhibe y enmascara,

en la que la realidad se tramita en los momentos paralelos a los auditorios.

 

En silencios, deseados, examinó el esfuerzo que nunca sabe suficiente.

Lleva años examinándose.

 

Al borde del escenario intenta, sin prisa, reflexionar sobre los fragmentos

del tiempo que se han ido inevitablemente.

Hace tiempo que ha crecido.

 

A menudo viste con colores absolutos que transmiten la contundencia

de que lo único que concede, sin inmutarse, es su cotidianidad.

 

Sigue mirando al objetivo más allá de lo instintivo.

 

Escucha voces diferentes en su interior.

 

Es capaz de sobrevivir a las pérdidas insoportables.

 

Ha inventado vivencias para preservar su mundo básico,

para conservar la memoria intransferible de la identidad.

 

Es posible que no sea imprescindible mantener impregnada la palabra

de ligereza y, ahora, aspiraciones, ilusiones y responsabilidad

exigen un lugar para salir de sí mismos.

 

Ha vuelto a él y, en este momento de privilegio, quiere seguir comunicando,

a través de la música de su palabra, lo más placentero,

lo más doloroso, lo más fascinante.

 

De repente asombra el espectáculo de luz que decide el vaiven secreto

de las gaviotas, casi en cada cambio de estación.

 

Estamos en la costa.

En un paisaje, como todos los paisajes, irrepetible y, como ellos, también

éste,  lucha y se resiste a dejar la belleza en las fronteras.

Más al norte, no muy lejos de aquí, Francia.

 

Francesc Picas ha recorrido otras costas, otros paisajes.

Detrás de él, intuyo un mundo azul de tanto mirar al Mediterráneo.

Tal vez por eso, en los días decisivos, cruzando el umbral de las nieblas, 

permite que las olas se agiten a sus espaldas y recorre el camino conocido de lo inmediato.

 

 

Se alimenta de lo inacabable y decide inventar carabelas que resistan

la indispensable diferencia de los naufragios ajenos, tantas veces fugitivos.

 

En la presencia absoluta del paisaje, cuestiona incesantemente los compromisos

ocultos que albergan las deudas inevitables.

 

Con el tiempo que transcurre desde el amanecer al crepúsculo,

sus ojos son plurales. Escribe o imagina palabras y sonidos que, como el mar,

exploran las playas de sus melodías. Se mece en el paladeo incesante de las orillas y los peñascos

midiendo, con cierto azul, la realidad en otros mundos con nuevos preludios.

 

Mientras habla, las manos, como las mareas, se deslizan, se detienen, se agitan, se rebelan

... y se calman.

 

Vive rodeado de colores y olores sugerentes

en espacios donde pueda moverse sin impedimentos.

 

Prefiere sugerir que mostrar.

Evita transmitir lo concreto para evitar quedar encadenado a lo evidente.

Así, pues, nos recibe en un lugar que no debiera ser arrebatado al misterio.

Nos ofrece, sin embargo, el espacio sin límites; un lugar

donde respirar profundamente y llenarse de azul

para seguir viviendo plenamente.

 

 

 

Ha trancurrido la vida y, ahora, después de tanto regresar, ha decidido

no solamente sentir el recuerdo de lo vivido, sino, también, construir con él un mapa

transferible de geografías escritas,

donde reconocer y reconocerse.

Donde libremente se pueda sentir y explorar.

Un mapa que no puede ser deformado al expresar lo más íntimo,

todo aquello que no puede destruir el paso del tiempo.

Un mapa que establece, desde la raíz, el vínculo con la memoria

sin ornamento, trazado con claras ortografías que signifiquen lo mismo para él

que para uno de nuestros nosotros.

 

Picas, en el fondo, se imita a sí mismo,

porque nada, casi, casi nada, desaparece.

Y Picas, que en raíz posee algo del duende del arte,

aprende, artesanalmente, el oficio de sentimientos que viste.

 

Con cierto azul, Picas, calzándose a menudo sandalias de arena, crece.

...

 

                                                                                                                Lluïsa Mateos Mosquera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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